Miércoles 28 octubre 2020 05:51

La solidaridad de talonario

La solidaridad de talonario
Por Milner Germán Romero

Junto con la hospitalidad, la solidaridad es el atributo patriótico que los paraguayos nos colocamos en la solapa del ajado saco de la autocompasión. 
En la escuela, a través de la historia paraguaya mal o medianamente contada, nos metieron en la cabeza un estereotipo del paraguayo; tipo amable, sufrido, “buenote” en la paz, guerrero incontenible en las batallas, garra guaraní, servicial, solidario y con muchos otros valores que requieren de una profunda revisión, si es que en algún punto deseamos sincerarnos con lo que somos.


La coyuntura sanitaria puso en tela de juicio a muchos valores, en especial a la solidaridad. 
La solidaridad del paraguayo está forjada —y esto no admite discusiones— a prueba de diabetes, hipertensión, “tiróide”, ponele, y otras complicaciones morfológicas, si no, les invito a que practiquen un recuento de las veces que se mimaron el paladar en alguna tallarinada, pollada o hamburgueseada en pos de ayudar a algún prójimo en las postrimerías de su salud.



Seguramente un buen número de lectores podrá rememorar con claridad las ocasiones en que fueron objeto de una “venta de adhesiones” (nótese que adhesión implica sumarse a algo, voluntariamente) a punta de bolígrafo, talonario, una recitada explicación y por supuesto, una buenísima causa. Caso contrario, y para no perder el ejercicio propuesto, les invito a recordar, si participaron o no de la compra o venta de comidas gourmet en algún sitio de moda, perdón, de la movida, o mejor, chick, bajo un título que no puede llevar otra introducción más que: “Todos por ´Fulano´”. 


Si les tocó la suerte de colaborar en las actividades dadas de ejemplo también recordarán, además del regocijo de ayudar, que en un alto porcentaje la actividad fue para paliar alguna necesidad económica tendiente a solventar un tratamiento médico paliativo, y en contadas ocasiones fue para prevenir una enfermedad o evitar su empeoramiento.


En estos puntos somos brillantes, señoras y señores; en los casos en que la invitación a hacer gala de la cuota de solidaridad que la historia nos impuso, en general, cumplimos con el rito, es más, adherimos a esa gala la oportunidad de mostrar que fuimos parte, que no nos fue indiferente el mal momento de quien nos convoca en su necesidad, hasta cargamos con el peso de asistir en hora pico de la juntada, especialmente cuando se trata de los “Todos por Fulano”, así nuestra ayuda queda patente en el Facebook, Instagram y alguna cuenta de Twitter con arrobas de alto quilate.


¡Todo esto está muy bien! Y es una buena señal de que podemos generar grandes soluciones para casos puntuales que afectan a nuestros seres queridos, a nuestros amigos y a los amigos de estos. 
Entonces, ¿dónde se traba el cuestionamiento a la solidaridad, si todo esto de la cocina y la comida funcionan cuando alguien nos necesita? 
La solidaridad, no es solo pagar, no es solo estar, dar, llevar o traer, no es solamente un acto, es tu decisión de adherirte a una causa transversal para el bien común; y, “Es que el bien común no es de nadie…” decía Saro Vera cuando nos graficaba como hombres fuera de nuestro mundo, nuestro apego a la solidaridad aún no se revela donde es necesaria como base sólida, todavía no permeó en la comunidad.
El paraguayo no se adhirió a la causa que a muchos compatriotas les está costando la vida, prefiere no asumir compromiso alguno, evitar esta pollada mundial que nos impone el COVID 19. 


Es gratis y fácil negarse a la “solidaridad pura” con la excusa de que el gobierno se equivoca o que ciertos sectores que lo componen cometen actos de corrupción. Claro, avisen nomás cuándo haya que organizar la rifa, o el menú, que sea cual fuere puede ir  acompañado de una guarnición de “era tan bueno”. 
Pero no les pidan, o no esperen que todos los paraguayos extiendan esa solidaridad al punto resignar sus paseos en motocicleta, visitas a balnearios (por cierto inhabilitados), o dejar de lado sus reuniones para tomar cerveza desde la lata o la botella (que, con o sin Coronavirus, implica beberse unas buenas babas de tu rapicha ka’u) para salvar vidas, ese no es trabajo del pueblo, ese es trabajo de “Marito”. Si fuera así, dudo que lo haga con menor impacto del previsto.


Esto patenta que no estamos listos para la solidaridad que la salud pública hoy nos reclama, y no es por desconocimiento de las consecuencias, sino porque no nos lo reclaman en el formato que lo concebimos y lo entendemos, en talonarios.  
 

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